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Iván Olano Duque

@IvanOlanoDuque

Jun 15

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Han capturado a 6 compañeros en Cali que le han hecho campaña al Pacto Histórico (y a más de 20 en todo el país). A esta hora hay allanamientos ilegales. Falsos positivos judiciales: intimidación y provocación de un régimen desesperado. Nos recuerda lo que nos estamos jugando.

No puedo evitarlo. Tengo que contar acá la historia de uno de estos compañeros. Es una muestra de Colombia: crímenes de Estado, desigualdad, violencia y sevicia de un régimen, pero también generosidad, grandeza y aguante de personas del común que trabajan por un país más justo.

Rolando y Katherine fueron en 2007 al río San Cipriano, a dos horas de Cali. Era una escapada rápida, antes del nuevo semestre en la Universidad del Valle. Durmieron la primera noche a la intemperie, frente al río. Al día siguiente nadaron y buscaron el fondo de todos los charcos

No llevaban casi dinero ni tenían carpa, pero eran libres y jóvenes. Rolando recuerda a Katherine jugando con 3 luciérnagas. Intentaron dormir en una cabaña abandonada. El teléfono estaba sin batería, pensaron que iba a amanecer y caminaron hacia la carretera para volver a Cali.

Debían cruzar un puente viejo sobre el río, la antigua vía férrea con travesaños podridos. Bromeaban con pisar mal y caer al agua. En una hermosa crónica escrita por @Helen Fraga Soto, Ronaldo narra el momento en el que Katherine lo rebasó en el puente:

“Al pasar por mi lado, me mira, me sonríe y dice ‘¡Apúrese pues mijo!’. Recuerdo muy bien su rostro al decir esa frase. Ella se me adelanta unos cinco pasos aproximadamente, ya está llegando a la mitad del puente, y es en este momento donde yo escucho lo siguiente: ¡Tatatatata!”

La madrugada del 3 de agosto de 2007, en medio del fervor belicista de la “Seguridad Democrática” del gobierno de Álvaro Uribe Vélez, el Ejército Nacional de Colombia disparó contra dos civiles que estaban de paseo en el río San Cipriano. Serían dos falsos positivos más.

Digo “serían”, porque Rolando cayó herido al agua y fue arrastrado por la corriente. Cuando al fin llegó a una orilla se metió entre el barro y las plantas, con toda la adrenalina y el dolor y la angustia por su compañera, y se quedó inmóvil. El Ejército lo buscaba con linternas.

Al amanecer recobró la consciencia, escuchó voces, vio a lo lejos el puente y caminó hasta un sendero. Su pierna sangraba por las heridas de bala. Dos soldados lo encontraron y lo llevaron con un teniente —rodeado por funcionarios de Fiscalía—: “Lo sentimos, fue un error militar”

Katherine Soto, de sólo veintiún años, murió por impactos de bala en su rostro, abdomen y piernas. Y no hay duda (hay al menos 6402 precedentes): si no fuera porque Rolando cayó al río y sobrevivió, ambos habrían sido declarados como guerrilleros dados de baja en combate.

En 2019, un fallo administrativo del Consejo de Estado ordenó al Ejército Nacional a realizar un acto público en el que debía pedir disculpas a la familia de Katherine Soto y debía reconocer su responsabilidad en el crimen. elespectador.com/judicial/ejerc…

Lea aquí cuáles serían los otros actos de reparación para la familia de Katherine Soto, estudiante de la Univalle asesinada por el Ejército hace 13 años.

elespectador.com/judicial/ejerc…

Ejército deberá pedir perdón por ejecución extrajudicial en Buenaventura

Cuento esto no sólo por el peso de esa injusticia, o porque Katherine era amiga de mis amigos (y todavía recuerdo el instante de la noticia), sino porque Rolando Quintero ha sido capturado hoy por las mismas fuerzas de seguridad que casi lo asesinan. Y él es un hombre inmenso.

Pero su historia no es única. Es la historia de miles de colombianos que han sufrido en su piel la barbarie, que han visto a los ojos a este régimen oligárquico que se perpetúa en la violencia, y que aun así han seguido fuertes y generosos y determinados y conscientes.

La mayoría de los que lean esto ya saben lo que implica enfrentar judicialmente a las Fuerzas Militares y de Policía en Colombia: interceptaciones, hostigamiento, amenazas, montajes y atentados. La historia de las víctimas de crímenes de Estado es de revictimización crónica.

Pero Rolando continuó hablando claro, dando la cara, y siguió su carrera de Estudios Políticos en Univalle. Y se dedicó a "la gran política"; es decir, la del barrio, su barrio: fortalecimiento de lazos comunitarios, resolución de conflictos y problemas cotidianos.

Por eso, cuando el estallido social de 2021, él no fue un politólogo trabajando en Puerto Resistencia: él fue un vecino más. "El profe", le decían los muchachos. Se convirtió en un referente.

Recibió amenazas e interceptaciones. Su casa fue allanada hace varios años Él sabe que las fuerzas del Estado siguen todos sus movimientos. Pero siguió dedicado a la pedagogía, a la organización popular, y convirtió su casa en un comedor comunitario.

Lo guía un razonamiento: uno de los motivos del estallido de 2021 fue el hambre. Uno de los éxitos de las movilizaciones fueron las ollas comunitarias. ¿Cómo garantizar en el barrio, después del estallido, los tres golpes de comida para toda esta gente?

Y la revictimización continuó: la madre de Katherine Soto fue amenazada, intimidada; uno de los sobrinos de Rolando estuvo a punto de quedar paraplégico a causa de las balas de la policía en el estallido social. Pero él siguió trabajando para fortalecer lazos y economía barrial.

Perdón que me haya extendido, pero esta es la historia de miles de colombianos que se juegan el pellejo todos los días para construir un país más justo. Víctima del Estado, revictimizado por el Estado, y aún así reivindicando todos los días y desde abajo la dignidad colectiva.

¿Por qué cuento esto? Tres motivos: 1. Me lo dijo hoy una amiga que también ha sufrido la violencia del régimen: “Uno en esa persecución tiene 2 opciones: se esconde, y con eso se vuelve más vulnerable, o muestra incluso más la cara. La exposición amenaza, pero también protege”.

2. Porque todavía recuerdo el estremecimiento que sentí cuando Rolando se subió a una tarima en la Plazoleta de San Francisco en Cali, por allá en 2007. Tenía muletas y vendajes y las heridas frescas de las balas del régimen. Y dijo con una voz inmensa: “Yo ya no tengo miedo”.

3. Porque hoy lo vi en un video, esposado pero muy tranquilo, romántico y determinado, como lo recordamos muchos. Y articuló la convicción ante sus propios actos con la emoción y la esperanza que compartimos millones de colombianos. Sólo sus palabras pueden terminar este relato.

Rolando Quintero dijo: “(...) ser vilipendiado, ser estigmatizado, quiere decir que estamos haciendo las cosas justamente, como deben ser. No hay padecimiento, no hay dolor... sólo amor, convicción, firmeza por este país. Lo vamos a cambiar. ¡Aguante Francia! ¡Aguante Petro!”

Te vemos y te sentimos, hermano.

Iván Olano Duque

@IvanOlanoDuque

Escritor

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