De cómo el ansia de likes y la necesidad de estar en el candelero tuitero acaba miserabilizando a la gente. Va hilo de cómo la obsesión de una periodista tuitera acaba degradando la conversación pública.
Yo no conocía personalmente a
@Rebeca Argudo. De hecho jamás nos hemos cruzado. Todas las semanas alguien me hace llegar una mención de esta periodista burlándose de mí. Hace gala de ello en podcasts, es jaleada por mis haters habituales y celebra cualquier chiste a mi costa.
Muchos me decís que cuando respondo no hago sino publicitar a quien no lo merece. Pero he de reconocer que soy ingenuo y a veces me da por pensar que a través del diálogo se puede llegar al entendimiento.
Nunca la había mencionado. Jamás hice un comentario despectivo, jamás hice referencia a su profesionalidad. Y quizá por eso ante sus reiteradas menciones opté por mandarle un mensaje privado.
Pensé mucho si hacer pública esta conversación. Pero creo que retrata bastante bien como ciertos personajes, rehenes de la necesidad de atención y obsesionados por ganar visibilidad y followers, acaban abrazando la crueldad a la hora de expresarse en este medio.
Como decía, le escribí por mensaje directo:
Cuál fue mi sorpresa cuando me respondió educadamente y con empatía. “No me da risa. La verdad es que no pensaba que te pudiera afectar que yo haga una coña” sobre ti. Reconocía haber caído en algo que ella mima padece e invitaba a reflexionar sobre nuestros excesos tuiteros.
Nos pedimos disculpas. Quedamos en publicar ambos un mensaje conciliador demostrando que se puede discrepar sin faltar al respeto en una red social en la que la tónica general es la crispación y el insulto.
Al poco tiempo volvió a insultarme. No había interaccionado con ella desde nuestros mensajes. De hecho apenas había escrito posts en esta red en la que cada vez participo menos porque se ha convertido en un lodazal.
¿Por qué de nuevo el insulto? La crueldad es premiada en esta red y Rebeca ha sabido entenderlo. Creo que ha sabido reconocer que el odio te da más visibilidad. Que el intento de humillar al contrario se traduce en seguidores y retuits. Y, de paso, en lecturas a tu columna.
En estos tiempos, su odio se ha extendido a gente de mi entorno. Gente a la que antes trataba con respeto y cariño. ¿Qué ha cambiado? Que ha sabido de su relación conmigo. Y el odio tiene la capacidad de extenderse como una plaga.
Quien odia necesita saberse correspondido. Necesito un vínculo que en ocasiones raya con la obsesión.
No he vuelto a hablar con ella. He estado tentado de escribir. Pero me doy cuenta de que no tiene sentido
Hay quien está sumándose a esa tendencia del periodista canallita, que insulta y trata de humillar a aquel que no piensa como él, porque supongo que no hay nada más embriagador que las risotadas de la turba que celebra el acoso.
Y porque la crueldad se ha vuelto una tendencia cool para algunos. Ser el villano resulta atractivo. Lo contrario es ñoño. Y no hay nada como acusar de falsa sensiblería al prójimo para justificar tu falsa de sensibilidad.
Ojalá hubiera otra forma de dialogar en esta red. Algún día ser cruel volverá a dar vergüenza.